Mi camino a la escritura
Todo empezó a los catorce años, cuando conocí a un chico en mi clase de teatro que escribía historias de terror —hoy en día es guionista— y que, sin pretenderlo en absoluto, despertó algo en mí que desconocía que existiera: Mi musa. Casi sin darme cuenta, empecé a dejar salir todo lo que llevaba años imaginando.
Spoiler: la gran mayoría terminó en la papelera de reciclaje.
Durante mucho tiempo sentí que no sabía escribir. La única literatura que conocía era la del colegio —la poca que llegaba a leer—, llena de palabras que no formaban parte de mi vocabulario, así que todo lo que intentaba plasmar en papel me parecía una auténtica porquería.
Nunca dejé de escribir del todo, pero no terminé nada hasta la veintena.
Durante esos años me adentré en el mundo literario desde el otro lado: la lectura. Llegué a ella gracias a La sombra del viento y a quedarme sin tele —mera supervivencia—, pero suficiente para descubrir un mundo nuevo. Bueno, muchos.

A los 23 escribí un pequeño relato —bastante cutre si me preguntas— durante las horas muertas en la oficina. Fue lo primero a lo que le puse un punto final.
Lo publiqué en un blog y en Wattpad. Nadie lo leyó, y yo que me alegro.
Tras aquello, otros siete años pasaron sin terminar nada, o incluso sin escribir. Siete.
Hasta que la cuarentena lo cambió todo —o no, porque empecé un par de meses antes—. Volví a escribir pequeños fragmentos en Instagram gracias a Yanina, a quien conocí a través de sus propios relatos en la misma red social. Ella me empujó, me motivó y me recordó lo mucho que amaba escribir.
Gracias a esas conversaciones recuperé la chispa que necesitaba.

Durante ese tiempo también coescribí mi primer fan fiction con Shannon: Lilith, el cual nació de una conversación entre dos locas desvariadas. Tardé un par de años en terminarlo —el encierro me desestabilizaba por momentos—, y siendo honesta, al final lo detesté —aunque más detestaba que Wattpad me censurara constanemente la portada—.
Y no es que la historia o la pluma fueran malas —que también—, es que no representaba en absoluto lo que yo quería contar, algo que al parecer me pasa bastante.
Aun así, esa historia me llevó a Lou, mi primera lectora beta y, me atrevería a decir, mi primera fan; por ella terminé Lilith, porque me escribía cada semana pidiendo más. Gracias, Lou, por insistir.
Después vino otra pausa —por si no te has dado cuenta, voy de hiperfoco en hiperfoco, aunque lo cierto es que lo intenté: traté de editar Lilith y empezar algo nuevo, pero no fluía—. Trabajo, vida real, cansancio… Hasta septiembre/octubre de 2024, cuando empecé lo que hoy llamo Proyecto Noruega.
Este proyecto también ha tenido sus altibajos: meses sin tocarlo y, de repente, un día lo terminé, con una sonrisa enorme que desapareció rápido durante la reescritura. Porque sí, otra vez descubrí que lo que había escrito no representaba lo que quería contar realmente —y que, además, no tenía mucho sentido, jajaja—.
Así que aquí estoy ahora. En pleno proceso de reescritura, sanando junto a Samara, mi protagonista. En un momento de transición, con un bloqueo de escritora bastante grande. De ahí que esté aquí, procrastinando.
Pero no me rindo.
Sigo.
Con todo en proceso.
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